
Gustavo Santaolalla
QUITO, ECUADOR
MARZO 2006
Por César Ricaurte
Gustavo Santaolalla, cabello muy corto, camiseta oscura, jeans desgastados, mediana edad, algunas canas, corpulento llega y sonríe. Empecemos, dice un músico que no esta acostumbrado a posponer las cosas. No por nada en este momento es el productor latinoamericano más exitoso, un renombrado compositor para cine con un Globo de Oro y un Oscar por su última banda sonora para Brokeback Mountain, el gestor de un conglomerado de sellos discográficos independientes, el conceptualizador y músico del proyecto Bajofondo Tango Club. Justamente con ese llegó a Quito.
La rueda de prensa en el Teatro Bolívar no es muy concurrida, afortudamente. Haremos entrevistas individuales y todos contentos. Por mi antigüedad, -reconocible en la reliquia de grabadora de periodista que llevo-, empiezo la ronda y con ello tengo la oportunidad de extenderme.
No hagamos esperar más al maestro de la música para el cine (entre otras cosas) con más prestigio internacional que haya salido de América Latina. Señores y señoras, con Ustedes: ¡¡¡Gustavo Santaolalla!!!
Una combinación de texturas electrónicas contemporáneas y sonidos tradicionales, ¿ Qué buscas con Bajofondo?
De la música de vanguardia y de la música con la que crecimos. No nos gusta hablar de Tango Electrónico, eso es únicamente una etiqueta que utilizan los medios. Ahora bien, si bien en un principio Bajofondo fué un proyecto que se formó para grabar un disco, con el tiempo fué mutando a un grupo formal y estable para tocar en vivo. Ahora nos gusta pensar que hacemos música del Río de la Plata. Si quieres ejemplificar la vida contemporánea en urbes como Montevideo y Buenos Aires, obviamente el tango, la milonga, el candombe y la murga van a estar ahí, pero también están el rock, el pop, la música electrónica. En Buenos Aires se sigue cafés y bodegones de donde salió el tango, pero eso convive con los celulares y la internet.
De esa forma evitas la polémica, lo que le sucedió a Piazzolla cuando renovó el tango por ejemplo...
Por supuesto, pero la diferencia es que Piazzolla sí estaba enrolado en el mundo del tango: recuerda que el tocaba bandoneón en la Orquesta de Troilo. Nosotros venimos de extracciones diferentes y aún dentro de eso tenemos backgrounds distintos y edades diferentes. Ahora si ves mi carrera verás siempre me ha interesado las dos cosas, lo tradicional y lo contemporáneo. En definitivo, lo que me interesa es la música con identidad.
Hagámos una revisión lo más sucinta de tu carrera?
¿Sucinta? ¡Muy dificil! (ríe de buena gana)... Dale.
¿Con qué te quedaste de Arco Iris, tu proyecto rockero de los setentas?
Arco Iris lo formé cuando tenía 17 años, pero yo rescato una cosa: ya tenía la visión que tengo hasta ahora. Cuando aún no estaba de moda pensar en fusiones y mezclas, yo me puse a juntar el folklore con el rock. Fue iniciar con el concepto de no solo tocar The Who y U2 en español, sino tocar en español. Lugeo te vas para Los Angeles y das un vuelco en tus concepciones sonoras.
¿Esa fué la etapa decisiva?
Lo fue porque yo me fuí de Argentina en el clima de represión de la dictadura. Una época donde los amigos desaparecieron de un día para el otro, donde te acosaban y te encerraban en comisarías. Cuando llego a Los Angeles, el clima de libertad me llegó, pero en cambio ví que en el rock predominaban bandas como Styx, Kansas, que no me decían nada. Sin embargo en las calles se podía sentir que algo estaba pasando. Recuerda que en ese año, 1978, los Sex Pistols realizaron su última gira por los Estados Unidos y dejaron un reguero de influencias. Yo me dije a mi mismo: me perdí la era hippie y Woodstook pero esto no me lo puedo perder. Así que me corté el pelo al estilo punk y formé un grupo de vanguardia en esa época que se llamó Wet Picnic.
Pero luego regresaste a la Argentina...
Regresé en 1982 con un grupo poco menos vanguardista que Wet Picnic. En la Argentina aún predominaba un rock pomposo y aburrido, en las grabaciones que hice allá vinieron a vernos los Virus, una de las primeras bandas de nuevo rock argentino. Por esa misma época produje junto a León Gieco el proyecto De Ushuaia a La Quiaca, con el cual recorrimos grabando a los músicos populares y dando conciertos por toda Argentina, fue una maravillosa experiencia.
¿Cuándo te involucraste con la movida méxicana?
A lo que regresé a Los Angeles, en 1984, hice una escala en Ciudad de México y me topé con una efervescencia desbordante. Recuerda que raíz de la masacre de 1968, los gobiernos del PRI habían prohibido por decreto el rock en el Distrito Federal. En más de 20 años no se había realizado un concierto. Y a mediados de los ochenta comienzan a cambiar las cosas: el PRI comienza a perder poder, surge TV Azteca como una alternativa al poder de Televisa, y surgen bandas como Insólitas Imágenes de Aurora que se convirtieron en Caifanes, Maldita Vecindad y en seguida Café Tacuba. Yo que venía de la experiencia de De Ushuaia a La Quiaca, me decido a producir a todos estos grupos.
¿Las universidades fueron muy importantes en todo esto?
En el caso de Maldita Vecindad, sí. En el de Café Tacuba era lo que yo había hecho toda mi vida: buscar en las raíces, en la propia identidad. Yo a ellos los descubrí en una feria popular, no tenían ni instrumentos, pero sí una fuerza impresionante. Recorrimos disquera tras disquera y me llevó un año y medio convencer a Warner para que tomara el riesgo. Fué una época muy intersante, me recordaba a los orígenes del rock en Argentina. Por eso me quedé allí con mi socio Aníbal Kerpel.
¿Así diste el salto hasta convertirte en el productor latinoamericano más influyente de la actualidad?
En realidad mi deseo era construir una especie de mapa de la música alternativa latinoamericana. Prisioneros de Chile, Dividos de Argentina y con éxito afortunadamente. A partir de allí, se empiezan a acercar las multinacionales a ofrecerme tratos, pero me decidí por Universal, que en ese momento era la más pequeña de las seis grandes, porque tenían todo por hacer y compartía muchas ideas con la gente con la cual me relacioné. El sistema fue un join-venture a través de una regional latina que me permitía moverme por todos los países.
¿Cómo fue el involucrarte con el mundo del cine?
Me he abierto a otros mundos. Hice un disco con el Kronos Quartet y produje un disco de música clásica. Comencé con Amores Perros pero en realidad mi primera vinculación fue en El Informante de Michael Mann con Russell Crow y Al Pacino. Allí puse dos temas míos, sin embargo, la primera experiencia en hacer scoring, es decir la música incidental y el soundtrack, es decir toda la selección musical para una película, fue con Amores Perros. Luego vinieron North Country de Niki Caro, 21 Gramos también de Alejandro González Iñárritu, Diarios de Motocicleta de Walter Salles y la increíble película de Ang Lee, Brokeback Mountain.
¿Seleccionas las películas en las que trabajas o aceptas todos los proyectos?
Busco, lo mismo que en la música, que tenga identidad, que sean proyectos donde se den la mano la tradición y la modernidad. Que sean filmes que me digan algo. Eso, nada más, por eso he tenido la suerte de trabajar con directores de la talla de Ang Lee, Salles y todos los que te he mencionado.
¿Te sientes el Rey Midas o el Gurú de la música?
Nooo, son motes que te pone la prensa. Por un lado halagan, pero por el otro son peligrosos, porque te transforman en personajes y una vez que te han encasillado allí te vuelves más vulnerable, un blanco fácil de atacar y destruir. Yo prefiero hacer lo que me gusta, de sorprender a cada momento, de dar saltos que nadie se espera y así tenerlos confundidos. ¿Te das cuenta?
Me doy cuenta, Gustavo, ¿es la estrategia del camaleón?
¿Acaso hay otra?
Fotografía: Universal Music
